La pandemia generada por el Covid-19, surgida en Wuhan hace más de dos años, sumado a los efectos de la guerra en territorio Ucraniano, han exhibido al mundo las fragilidades y vulnerabilidades de una organización económica mundial extendida sin cuidado, sin estrategia e independiente de China, ya que sigue siendo, en gran medida, el mayor proveedor de materias primas en el planeta. Dada esta realidad, algunas empresas temen un contexto generalizado en las cadenas de suministro, manifiesto por escasez, plazos de entrega interminables, un aumento en costos de suministros y del transporte aún más explosivo que durante la primera contención y presiones sobre el poder adquisitivo.
Además de la situación de parálisis en que se encuentra China, la guerra en Ucrania ha implicado la crisis energética y está creando tensiones globales sobre el suministro de materias primas agrícolas e industriales, por ende, aumentando los precios de los alimentos y las materias primas, exacerbando las presiones inflacionarias en todo el mundo; a su vez, ha puesto fin a una era de energía barata y marcando el regreso de un mundo fragmentado y ansioso, lo cual ha llevado al Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU (DESA) a reducir sus perspectivas de crecimiento global para este año a 3,1%, casi un punto porcentual con respecto al 4% que había previsto en enero de 2022.
De acuerdo a las primeras cifras se evidencia la magnitud de la crisis que se avecina, como es señalado por el índice oficial de gestores de compras (PMI) del sector manufacturero, publicado el 2 de mayo, mostrando una caída a 47,4 en el mes de abril, frente al 49,5 en marzo, lo que supone el segundo mes consecutivo de contracción, según informó el 7 de mayo la Oficina Nacional de Estadística (NBS), siendo el nivel más bajo desde febrero de 2020. Ahora bien, el 9 de mayo, las cifras de las exportaciones chinas mostraron un nuevo descenso, el mayor desde junio de 2020.
Teniendo en cuenta esta perspectiva, los grandes grupos internacionales que conforman y marcan el ritmo de la economía mundial, comprendieron que no hay manera de volver a la normalidad con la contención de la crisis sanitaria, debido a que no hay certezas ni seguridad frente a la economía global, toda vez que no se vive en una economía real sin fricciones, idéntica al mundo de las finanzas, donde las mercancías y la producción, al igual que el capital, podían desplazarse sin problemas de un extremo a otro de la Tierra con sólo pulsar un botón.
Lo referenciado anteriormente les permitió desarrollar un modelo común, que consistía en deslocalizar la producción a los países para optimizar costos; subcontratar los trabajos de bajo valor añadido, externalizando las cargas, empezando por los costes medioambientales, a toda la comunidad; confiar en la entrega y el envío justo a tiempo para reducir los costes, dando lugar así a una red de subcontratación y deslocalización en todo el mundo con el propósito de reducir costos de producción sin importar los costes de contaminación que generaban en los territorios, en las comunidades y las inhumanas condiciones laborales. Este modelo supuestamente eficiente y racional no había incluido factores y elementos propios como los riesgos climáticos y geopolíticos.
En la actualidad, los fabricantes de automóviles están descubriendo que la política de justo a tiempo es insuficiente en estos tiempos de convulsión porque han luchado por dos años en encontrar los componentes electrónicos que ahora son imprescindibles. Con retraso, entienden que han favorecido una concentración sin precedentes de esta producción en Asia, en Taiwán, Corea del Sur y China, lo que le pone a merced de la menor ráfaga de viento.
Respecto a la situación actualmente vivida en el sector industrial mundial, se ha enfocado en alternativas que afronten la crisis, consiguiendo arrebatar la producción en exceso de sus necesidades por miedo a quedarse sin ella, en algunos casos por el deseo de superar a sus competidores. Por lo tanto, otra política que todos los sectores económicos han realizado es el aumento de los precios para salvaguardar sus márgenes; sin embargo, estos procesos sólo duran un corto tiempo puesto que la existencias disminuyen, las dificultades de producción se extienden y se empieza a plantear seriamente la cuestión de la aceptación por parte de los consumidores del aumento de los precios. Un claro ejemplo de ello es el sector automotriz, específicamente los fabricantes alemanes, que aprovecharon para aumentar sus precios de forma espectacular: en dos años, el precio medio de sus vehículos pasó de 39.400 a 49.800 euros, un incremento del 26,4%.
Finalmente, es imposible no presentar afectaciones por la crisis sanitaria generada por el covid-19 en el contexto mundial, los conflictos geopolíticos y las tensiones que se viven en el plano internacional por los grandes poderes económicos y políticos que instan a situaciones retardatarias en los distintos territorios y sus poblaciones, incidiendo de manera negativa en el bienestar social de todos los países. Siendo necesario el llamado a los y las dirigentes mundiales a establecer en la agenda pública mundial políticas y relaciones que permitan subsanar las problemáticas que hoy vivimos como sociedad planetaria.
